lunes, 29 de junio de 2015


Tengo especial predilección por la gente de bar. Y no me refiero a la gente que tiene especial querencia a las barras, no. Como decía mi buen y añorado amigo Fernando Reina a los bares a por el café y rapidito,  porque se corre el riesgo de escuchar una tontería detrás de otra. No le faltaba razón. Los españoles somos muy de cambiar gobiernos, hacer alineaciones y enterrar a enemigos apoyados en la barra de un bar;  luego, de camino a casa, pues eso, ya se sabe, a tragar como todo hijo de vecino pero lo que es en un bar, lo que haga falta y mas incluso,  oiga. 

Me refiero a los del otro lado, a los de detrás de la barra y no a cualquiera no, a los que saben reinar detrás de una barra y de esos, siento decirles , hasta el momento solo he conocido a cuatro, como mucho a cinco . Pero no confundamos términos. Una cosa es que una jovencita de veintipocos con todo en su sitio o un musculoso efebo depiladito te ponga un cubata aunque luego se haga un lío con las vueltas y otra muy distinta es saber estar detrás de una barra. Como los buenos maestros del arte de cuchares, hacer que toda la plaza te mire, saber dar una larga cambiada a ese cliente cansino, sacarle al tío mas rancio la mejor faena de la cartera y de la carta, ponerlo donde tu quieres, saber por donde entra mejor o sencillamente dejarlo embobado mirándote mientras le tiras SU cerveza, la suya, la que le estaba esperando desde que salio de la oficina. De esos amigos míos, pocos y por desgracia despareciendo.

Jesus “el tierno de Albacete”, que arte mas grande madre mía. 

Nobert Weiss de Almería, sieso,  como buen alemán, pero  la gracia que tenia para ponerte la espuma de su cerveza de nombre impronunciable  no la he  visto jamás en nadie,  sobre todo cuando te hacia esperar cinco minutos y después,  mientras te la ponía delante ,  te decía con ese acento suyo tan cerrado:  “serrvesa sin espuma, jarrdín sin florres, mujerr sin tetas…no posible”.

Tomas de Villamanrique. Reventadas las piernas después de quince horas detrás de la barra y aun tenia fuerzas para darme un par de consejillos y echar un ratito conmigo en la esquina de la barra mientras yo cenaba a las once la noche después de un día interminable.

Y como no, Jose, mi amigo Jose (ojo, esta bien escrito porque es en murciano: Jose y no José).

Grande. Muy grande. De cuerpo, de corazón y de lo que la gente que hace pis de pié tiene que tener de cintura para abajo.

Su recuerdo se me pierde en la memoria de un tiempo lejano cuando los dos éramos jóvenes  y el empezaba a corretear por esta Murcia nuestra en otros bares y con otras mujeres. Entonces supongo que por el sitio y los empeños personales y profesionales de cada uno,  ni el ni yo teníamos ni tiempo ni ganas de  echarnos un buen ratico cada uno a su lado de la barra. Eso es algo que se va ganando con el paso de los años y ojo señores, hay que saber hacerlo para no quedar ni  como un pelota sacacuartos (el del bar),  ni como un desoficiado  borrachazo (el cliente).

Un día hace ya años, doble una esquina y donde antes ni siquiera recuerdo que demonios había, ahora aparecía  un nuevo cartel  “Mesón Los Soportales”. Entré, me miró, lo miré (si, ambos lo sabemos, te conozco y me conoces pero ya habrá tiempo después para colocar cada cosa en su sitio) y desde entonces,  aunque solo fuera por el placer de saludarle, siempre entré  a su casa cada vez que mis pasos por azar me ponían en su ruta.

¡A la paz de Dios hermano! ¿Vienes solo? Siempre con esa sonrisa ladeada  y ese ojo con la ceja medio levantada mirándote de lado. Testigo mudo de mis triunfos, de mis caídas, de mis derrotas, de mis mejores logros, de mi renacer y lo mejor de todo, mi amigo.

Hace unos días me llamo. Se acabo tito, no sigo. No le pregunte los motivos porque los amigos no hacemos eso. Es indecente. Eso, como todo en esta vida, es cosa de él. A mi solo me toca preguntar como estas, decir que aquí estoy, que ya estamos tardando  en  tomarnos algo y poco más.

Supongo que esta maldita crisis y la natural predisposición genética que tenemos los  españoles por los bares,  han hecho creer a mas de un cretino que estar al otro lado de la barra es tan fácil como estar en esta otra apoyadito tomándonoslas tan a gusto;  y claro, esa competencia,  se nota. Aviso a navegantes incautos: Perdónenme ustedes pero hay que tener mucho,  pero que mucho arte para apoyar un pie en  el barril  y la mano en el tiro de la cerveza. Eso aunque suene idiota, no sabe hacerlo todo el mundo.

Voy a echar de menos esa enorme torre humana con su delantal rojo hasta el suelo. Lo feliz que ha sabido hacer a mi mujer con unas simples alcachofas y la cara de mi hijo cuando nada más apoyarse en la barra ya tenía media cosecha de aceitunas de  su tierra jienense  delante.

Por lo que a mi respecta, me han sabido a gloria alguna que otra tarde a puerta cerrada con un puro y un gin-tonic , esos ¡¿te vas a ir yaaaa?! , o esos otros “…te voy a poner una cosa que veras”. - Que nooooo Jose que me tengo iiir.

Y como no,  las largas conversaciones entre idas y venidas de barra. O a solas los dos en una esquina de la barra,  con el bar medio vacío, sabiendo que la cosa que se estaba acabando y aún así, no lo vi jamás perder el temple, ni la compostura y ni siquiera la  sonrisa cuando algún despistado entraba a última hora.

No me hago a verlo de civil. No me lo imagino sino es detrás de una barra haciendo las cosas como hay que hacerlas. Bien hechas y punto. Y no es que no tenga capacidad, entendederas o lo que hay que tener para hacer cualquier otra cosa en la vida. Es que lo suyo lo hacia, lo hace y a buen seguro lo seguirá haciendo la mar bien.

 

Que más puedo decir. Todo esto va por ti amigo mío. Hay que saber reconocer la valía y como dice la canción de “Los Limones”:

“….que importan hoy, los bolsillos del pantalón. Lo que está dentro, se lleva, se tiene….o no”.

 

Aunque no te abarque. Un abrazo

 

 

 

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