lunes, 18 de noviembre de 2019

Ella no hace nada.


La fiesta comienza sobre las siete o siete y cuarto de la mañana,  aunque para ella empezó el 17 de diciembre del año pasado. Desde entonces y cada dos horas de todos los días de hace casi un año, mi princesa ha decidido que mamá no necesita dormir y por lo tanto, los despertadores han pasado a ser un artilugio prescindible. Yo, aunque hago lo que puedo, he dormido mis horitas pero ella, en fin, que les voy a decir.
Mi pequeño príncipe la echa de menos. Nadie le pidió  permiso ni opinión para introducir a esta nueva aristócrata en su reino, así que hay veces que en mitad de la noche y justo cuando mamá parece haber conciliado uno de sus sueños por fasciculos, se despierta gritando como un poseso su nombre; todo ello sin contar, las toses de los resfriados, algún pipi, los cambios de pañal y la teta, esa teta que cada dos horas le recuerda  que hace unos años elegió ser madre lejos de su casa y de su gente.
Después de estas noches tan entretenidas, a la mañana siguiente,  pone en marcha a toda la tropa. Eso quiere decir que la ropa esta planchada , doblada y colocada en su sitio con precisión cuartelaria, la cartera con el desayuno listo y un beso de despedida al que no le falta una sonrisa y un os quiero que a mi me costaría un mundo articular después de noches así.  Por cierto, hago un inciso:  en  todo este tiempo juntos no ha dejado de decirme ni un solo día , créanme ni un solo día, te quiero.
Luego viene esa rutina tediosa y sofocante de la casa. Esa rutina que te anula como persona  productiva porque no se a quién diablos se le ocurrió una vez que eso, no es trabajar, es otra cosa que no se sabe bien que es, pero trabajar, no, ni mucho menos. ¡anda que si , campeón! Planchar , comprar, limpiar y lavar mientras un pequeño ser humano de once meses se te enreda en las piernas reclamando tu atención.
Las tardes no son mucho mejores. Si el tiempo está mas o menos bueno, un ratito en el parque para que estos cabroncetes acaben el día cansados y no estén encerrados en casa volviéndola loca; de lo contrario se inventa una y mil formas de entretenerlos con deberes, juegos, dibujos y yo que sé qué demonios más. Si les soy sincero a mí las ideas se me habrían acabado a los cinco minutos del primer día, pero a ella no. Ella es constante, imaginativa, tenaz incluso para hacer que el peque, jugando , ya haya aprendido cosas que ni por asomo , son propias de su edad.
Después el baño, las cenas, los cuentos, la teta (ya he perdido la cuenta de cuantas veces al cabo del día) y a dormir. Y ahora viene lo mejor : aún le quedan fuerzas para preguntarme que tal me ha ido el día. Acojonante. Me lo pregunta y además espera mi respuesta con cierta avidez. De hecho en alguna ocasión si he llevado la jornada medio torcida y le respondo solo con una o dos palabras, me recrimina mi falta de comunicación.
La he visto reír, llorar, trabajar como una mula dentro  y fuera de casa, parir con un dolor que no quiero ni puedo imaginar, soportar todo lo que a diario tienen que soportar, ordenar y darle paz a mi casa y a  mi vida y ya ven, el otro día me decía: cariño, yo…es que no hago nada
Anda queeeeee