El abrazo de Adriana
Es pequeña, delgada y de aspecto
frágil. Pero no se engañen porque lo suple con creces con un carácter que para
si quisiera mas de un luchador de sumo.
Sus ojos en apenas unos años, van a hacer que mas de un incauto acabe
por los suelos implorando por Dios, un poco de atención. Ella, sabedora de su
“poder”, aleteará sus infinitas pestañas y esbozará esa demoledora sonrisa:
Confórmate con esto, chaval.
Tiene cara de lista, pero de esos
listos de los que te tienes que mantener
alerta. Pillina, melosa y cabezota como ella sola. Su mamá dice que es muy
Cañabate.
Ya que los avatares de la vida me
han llamado y llevado por los enrevesados caminos de la fruta, ayer por la tarde se me ocurrió acercarme a
su casa a llevarle una bolsa con algunas
piezas. Hago aquí un inciso para recordarles que hagan el favor de darles a sus
hijos más fruta y menos porquerías. Sale más barato, es más saludable y ya de
paso me hacen un favor a mí porque tengo el horrible
el defecto de querer comer todos los días y pagar mis facturas.
Estaba en la puerta de su casa
jugando con otros “bichillos” como ella. La llamé por su nombre y se quedo
congelada con ese gesto tan suyo que tienen los niños cuando se quedan
desubicados. Su mundo, ya saben, es muy matemático. Ellos conocen a la perfección y con exactitud cuando y donde toca cada cosa.
Sus “dibus” favoritos, su cuento, su baño (en esto luego se ponen mas
remolones) y sobre todo en que parte de su mundo debe estar cada persona, de
tal forma que si se te ocurre aparecer en otro momento o en otro lugar al que
te toca, les parece que su esquema se
descompone y necesitan unos instantes para entender que tú también puedes estar
ahí.
Vino corriendo hacia mí con una
sonrisa que le daba la vuelta a la cara. Los niños no saben mentir en esto, en
sus emociones. En las otras cosas si, ya lo que creo que si, pero en esto son de una sinceridad
apabullante. Luego con el paso de los años por desgracia, van aprendiendo de
nosotros los adultos y es ahí cuando, con perdón, se jode el invento.
Me rodeo con esos bracitos de
alambre y me lleno la cara de besos. Supongo que lo hizo porque de natural es
cariñosa y porque sabe que a mi, al
“Eduardo mayor” no hay nada que le llene mas de alegría que un par de besos
bien achuchados de mi Adriana.
Por un instante recordé a otra
personita cuyos besos ahora son más huidizos. Recordé su mano a través de los
barrotes de la cuna, buscando la mía
para poder dormir. Como me recibía cada tarde al volver a casa como si hiciese
una eternidad que le faltara su papá. Ese amor no comprometido ni enturbiado
por la vida , por el cole , por el mundo y por todo lo que nos va pasando
mientras la vida nos haciendo mayores a él y a mi. Ese amor que siempre está
ahí, pero que a él ya no le hace falta manifestar y a mi, pobre viejo, cada día
me va haciendo mas falta sentir y tocar.
La vida me ha premiado y gracias a Dios, dentro de unos meses
volveré a sentir de nuevo todas esas cosas y seguramente así podré entender que
incluso él, mi campeón, tiene derecho a
empezar a quererme de otra forma. Debo dejarle partir. No se mi explico. Igual
pero distinto.
Pues eso. Cuelgue el teléfono, apague el cigarro y la tele. No se pierdan ni uno solo. Y si no se los dan, denlos ustedes…saben a ternura, a sonrisas, a sinceridad desconcertante y sobre todo te transportan a la serenidad que los adultos andamos como locos buscando todo el santo día.
A todo eso saben los abrazos de
Adriana.