Erase una vez un empresario al que sus empleados adoraban.
Siempre pensaron de él que sus decisiones de empresa
estaban enfocadas no solo a la consecución de los máximos beneficios de su
organización sino también, y esto es lo mas importante, al bienestar, felicidad
y garantía del máximo nivel de vida de sus empleados.
Tal era el presente de estabilidad y el futuro resplandeciente
y halagüeño que se dibujaba en el horizonte que, llevado en volandas por estos
vientos de bonanza, un día , este buen
hombre, reunió a todos sus empleados y les anuncio que en lo sucesivo les adjudicaría
a todos y cada uno de ellos una participación en los beneficios de la empresa,
una subida de sueldo anual y garantizada hasta la jubilación equivalente al
triple o el cuádruple del IPC, un plan de pensiones financiado en su totalidad
por la empresa, un seguro privado de salud extensible a todos los miembros de
la unidad familiar y una reducción del horario laboral hasta el punto de que
seria el propio trabajador el que decidiría cuando y con qué intensidad y
dedicación trabajaría a partir de la publicación de esta batería de medidas.
La felicidad fue total entre el conjunto de los
trabajadores (y trabajadoras, ojo). Si hicieron fiestas y se compusieron
canciones, poemas y apologías en honor al patrón. Todo era alegría sin fin y
exultante regocijo y alborozo, todo…hasta el día en que debían comenzar la
nueva etapa laboral después de la firma de tan beneficiosas condiciones de
trabajo. La empresa estaba cerrada. El jefe había desaparecido y nadie sabía
nada de nada.
Con el paso de los días, empezaron a circular rumores.
La cosa era bastante confusa porque la prensa se hacía eco de noticias en
algunos casos contradictorias, hasta que, por fin, aquel magnánimo empresario apareció
al otro lado del mundo mundial y les hizo saber que sus intenciones para con
ellos seguían inamovibles pero que lamentablemente no podría llevarlas a buen
puerto porque el resto del mundo empresarial, movido por la envidia y coaligado
con oscuros poderes estatales, habían malogrado sus buenos propósitos. De todas formas,
les comunicó igualmente, que tan ilusionante programa de actuación era mas una
declaración de intenciones y un objetivo a lograr a largo plazo que una realidad
palmaria de hoy para hoy como aquel que dice y que por cierto, apelando a la
inteligencia de todos ellos, él daba ya por sentado que así lo habrían entendido.
La confusión se instalo entre ellos mezclada con
sentimientos de frustración, contrariedad y en algunos casos enfado. ¿Qué harían
ellos a partir de ahora? ¿A quién reclamar? ¿Cabría la posibilidad de llevar
todos aquellos objetivos laborales a otra empresa? ¿De la mano de quién? Preguntas
y más preguntas sin respuesta posible, salvo las de algún directivo y cargo
intermedio de la empresa que todo lo más, se limitó a decir: yo no estaba, yo
no fui, yo no se nada o incluso algún cachondo mental que mirando con gesto
condescendiente, argumentó a los trabajadores (y trabajadoras) que tampoco era para ponerse “asín de esa
manera” por una mera declaración de intenciones tan poco creíble…¿o no?
¿Quieren saber ustedes una cosa? Pues que si a mí
me hubiese tocado formar parte de aquella plantilla de trabajadores y tuviera que oír a mi patrón desde , no sé,
pongamos Waterloo, viviendo a costa de
lo que trabajé para él como un señorón y a sus directivos diciendo que todo era
un “pour parler” sin mayor
importancia y que tampoco hay que ponerse así Señor Juez , estaría cabreado como
un crío al que le quitan los regalos de Navidad a los cincuenta y seis segundos
exactos después de haberlos recibido…y sin ni siquiera haberlos visto mas que
envueltos en una caja.
Joder que
tropa Romanones, que tropa.