Tiempo
Debe ser el reloj biológico. Una
mañana te levantas y así como quien no quiere la cosa empiezas a escucharlo.
Primero te sientes desconcertado y luego, finalmente, te rindes a la evidencia.
Ha empezado y como si del zumbido de una
mosca veraniega y cansina se tratase, ya
no te lo quitas de encima.
Tic, tac.
Tic, tac.
Al contrario de lo que sucede con
el sexo opuesto, privados de la capacidad de procrear (gracias a Dios porque de
lo contrario, la continuidad de la
especie se vería seriamente comprometida) nuestra deriva es radicalmente
distinta. De repente nos ponemos nerviosos y nos damos cuenta “… ay misero de mi, ay infelice,
apurar cielos pretendo….” de
que se nos acaba la munición en la pistola
del vaquero que está pegando tiros,
ebrio de alegría y de whiskey, en el salón del far west.
Y entonces salimos corriendo
desesperados y algunos casi hasta
desquiciados, sin saber a donde
acudir para presentar la queja correspondiente y como para esto no hay
ventanilla alguna, la mayoría acaban preguntando por la dirección del gimnasio
más cercano o del concesionario Mercedes
o diciéndole a cualquier chavalita que a ti lo que te pasa es que tu mujer no
te entiende, o peor aún, marcándote una parrafada pseudo filosófica sobre el Carpe Diem para poder llevarte al catre
a esa misma chavalita. Patético.
Por desgracia para los que así
acaban el recorrido es relativamente corto ya que la historia termina cuando en
el gimnasio se te pone al lado un tiarrón de 20 años que después de pegarse tres
veces en cinco minutos lo que tu te haces a duras penas en media hora larga, aun
va el tío y se hace unas pesitas para estirar un poquito al final, o en el
semáforo se para junto a ti , otro con la misma tía , el mismo coche y
veinte o treinta años menos que tú.
Es por eso que siendo hombre de
los de trienios acumulados sin saber a que huele un gimnasio (supongo que a
flores salvajes del caribe no, eso seguro) de los de ejercicio al aire libre esporádico y de
los de cabeza bien amueblada para gastar dinero en según que cosas, aquel día
en el que empecé a oír el sonido de mi reloj particular, tomé la decisión de
imputar tiempos de la forma mas racional posible. Antes de nada un inciso. No
desprecio en modo alguno el sudor empleado en ciertos ambientes; de hecho tengo amigos que llevan toda un vida
invirtiendo tiempo y dinero en preservar, conservar y ampliar su salud a través
del ejercicio físico. Es a estos y no a los
otros, a los que profeso especial
admiración.
Aún así y aunque percibido de forma distinta, a todos
nosotros nos une mas que un mismo sentimiento, una misma sensación. Se nos
acaba el tiempo. Y en respuesta a ese ataque repentino de esa cuarta dimensión
que hasta ahora era nuestra aliada y amiga al mirarnos al espejo, cada uno va haciendo lo que Dios o sus mayores
o menores lumbreras le dan a entender,
pero todos guiados por la misma intención
¡Qué alguien pare esto por Dios! ¡Que me devuelvan la entrada!...que no
era esto lo que yo esperaba o como decía mi muy admirado Alfredo Landa en las
Verdes Praderas: "Que m'he
equivocao, coño, que m'he equivocao".
Pero claro, no todos somos
capaces de arreglar el desaguisado de la misma forma y así como algunos
pretenden forzar la maquinaria del reloj para que marque una hora
distinta, hay otros a los que nos da por
afrontarlo con la serenidad propia de los años que vamos teniendo e intentar,
no arreglarlo (no hay pegamento para esto amigo mío) pero si convivir en paz con lo que se ha llegado a
ser. Y créanme, se puede y además de
maravilla. Lo que para unos es un error, no es mas que un punto de partida para
otros y así, como hizo el bueno de Don Alfredo en esa película que les ruego no
se pierdan, acaban quemando el castillo de sus errores y comenzando de nuevo.
Después se trata de llevarse un
puñado de esas cenizas en la mano para que no se nos olvide nunca que en lo personal, siempre hay tiempo.
Siempre. Todos los días hay que ponerse manos a la obra para volver a llenar
nuestro tiempo de tiempos mejores. Es imposible ser lo que nunca hemos sido, pero si conseguir la mejor versión de uno mismo.
Lo que pasa es que ahora, no se a
ustedes pero por lo menos a mi si, me está asaltando la imperiosa necesidad de
empezar a regalar pedacitos del tiempo que perdí.
Ya se que pensaran ustedes que es
esta una intención harto rara y a priori de imposible cumplimiento, pero no,
créanme, se puede hacer o por lo menos
se debe intentar, aunque como
seguramente algunos ya habrán comprobado, no suele ser un regalo bien recibido.
Lo que pasa es que solo con el
paso de los años nos damos cuenta de todo ese tiempo que perdimos y es ahí
cuando empieza la sonería de nuestro reloj, cuando ya le hemos dado tanta
cuerda de errores que de repente se pone
a andar como un loco contando no hacia adelante sino hacia atrás, que es lo
peor; y en vez de tomar conciencia de que tarde o temprano se ha de parar no
compramos otro reloj mas grande, mas juvenil, mas moderno, o trasteamos el que
ya tenemos hasta reventarlo en un vano
intento de que vaya hacia donde su natural tendencia mecánica le dice que tiene
que ir, es decir, hacia adelante o lo que es peor, nos sentamos en un rincón a
llorar por lo que se fue, por lo que ya nunca vendrá y sin hacer nada por lo
que tenemos ahora. Nada.
Por eso quiero regalar trozos del
tiempo que perdí.
Para que él sepa que me importa. Para que sepa que no hay que estar un
minuto donde ni quieres estar ni quieren que estés, aunque te cueste lagrimas
asumirlo. Que no hay que emplear ni un solo segundo en querer vivir los sueños
de otros. Que se puede dar la vida por los tuyos, pero no tu felicidad. Que el
tiempo cura heridas, pero no cambia a la gente. Que una hora con un libro entre las manos, no
es una hora perdida, es un escalón
ganado en la vida. Que el tiempo empleado en viajar y aprender es la mejor
inversión que puede hacer el alma humana. Que no emplee su tiempo en glorificar a otros
o a sus causas, sino a construirse las suyas propias. Que en el trabajo, el mejor tiempo empleado es aquel que te conduce a dignificarlo, sea
cual sea; y que la honestidad, la decencia y la conciencia no son cuestión de
tiempo en tu quehacer diario, sino de espacio.
….que aprenda de mí y no
precisamente por lo que he llegado a
ser, sino por lo mucho que no alcance
distraído en tiempos ajenos y por lo
mucho más que me equivoqué.
Lo que pasa es que él me mira con
cara rara. Y soy un rollazo de padre. Y no hay
quien me soporte. Y siempre estoy enfadado. Y no “molo” nada, pero nada de nada. Y yo me
quedo como un tonto con mi regalo lleno de buenas intenciones y de pretendidas
claves y llaves de la felicidad entre las manos porque él quería un juego de la play o de la wii o de
algo parecido e igualmente inútil me
digan lo que me digan y le moleste a quien le moleste.
Que le vamos a hacer. Supongo que
él tiene otros proyectos de inversión para su tiempo, o los tendrá. De todas
formas no creo oportuno deshacerme de estos regalos. Los dejare por algún
rincón. Sabré que mí tiempo ha estado bien empleado si algún día decide
abrirlos.