La sardina ha muerto….y el buen gusto también.
A ver como puedo decir esto sin ofender a nadie.
Dado que lo mío es explayarme con
el boli y la tecla, voy a procurar no condensar en un par de vocablos todo lo
que se me viene a la cabeza, porque de esa forma, ciertamente si que podría caer
en la ofensa. Aunque bien mirado, la descripción objetiva de lo contemplado, no
puede considerarse tal.
A lo que vamos, maestro, que nos liamos.
Tengo a gala proclamar doquiera
que mis huesos van a parar, que aquí en Murcia, es el sitio donde mas
oportunamente (que no mejor) se entierra a la sardina. Cumplida la cuaresma y fiestas de Semana Santa se acaba, o mejor
dicho años ha se acababa, la sacra obligación de consumir pescado en cumplimiento de lo
así establecido por la Santa Madre Iglesia Católica. Es por tanto una más que
acertada fecha la usada en Murcia,
puesto que se termina ya con la obligación de consumir pescado en
ciertas fechas y puede el católico entregarse a los placeres de la carne…en
todos sus sentidos. En otros lugares es de usanza enterrarla antes de la
cuaresma, cosa que no termino de
entender si es para que una vez bajo tierra resulte imposible su consumo y por
tanto no haya mas remedio que seguir consumiendo carne y consecuentemente quede
así libre de pecado el que de tal forma obrase. Lo ignoro. De todas formas no
es este el objeto de mi reflexión de hoy, es mas, me resulta indiferente
incluso si el finado es una sardina, un boquerón o un bacalao noruego.
Aquí de lo que se trata es de
saber, de dilucidar a través de que extraños procesos mentales puede un ser
humano o un político (especies que aunque provenientes de un tronco común no
necesariamente pueden ser coincidentes) llegar a la conclusión de que es
acertado un desfile en el que campen juntos, la muerte, un cerdo gigante, una
banda de gaiteros y cinco señoras en cueros.
No lo entiendo.Lo siento
No lo entiendo. Soy incapaz de
encontrar el nexo de unión, el hilo conductor
entre todos estos elementos. El funeral de un clupeido, los gaiteros y
las señoras en paños ausentes y todo ello unido
a la media hora larga de publicidad motorizada, gigantes y cabezudos,
una banda de música rusa, un pastor de gansos con su correspondiente manada, zombis,
unas majorettes polacas y como no las sempiternas bailarinas brasileñas; y ojo
que me dejo en el tintero un sinfín de cosas mas que aún pululan por mi
cerebro y a las que mis pobres meninges
aun intentan encontrar acomodo y razón.
Pero, seamos condescendientes y
benévolos: démosle cuartel a la ilustre
lumbrera que ha parido esta onírica procesión. Si nos esforzamos podemos
encontrar sino una explicación si al menos un motivo a , como decía el ilustre
Hidalgo de la Mancha “…la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de
tal manera mi razón enflaquece”
Diversión. Simple y llana diversión. Seguro que si entrevistamos a la
organización del evento, nos dirían algo
del estilo a esto:
“..en ese desfile, El
Ayuntamiento ha querido crear un espacio lúdico en movimiento para solaz de la
ciudad de Murcia y de todas aquellas personas que acuden a esta nuestra ciudad que los recibe animosa y con los brazos abiertos. Es por
esto, que el carácter abierto y
ecuménico de la ciudad, de sus gentes y su clima, tiene en esta noche tan señalada
para los murcianos, el máximo exponente de la diversión en su estado mas puro.”
Como si lo estuviera viendo. Y mientras el portavoz de turno suelta
estas bonitas palabras, detrás aparecen los rostros con expresión complaciente
de varios asesores y palmeros finos que asienten y sonríen felices ante tan sesudo discurso.
Pero, vamos a ver buenas gentes. Si a mi me parece muy bien que la
gente se lo pase bien. Si hasta puedo perdonar lo inconexo y
“sin fuste” del asunto. De verdad que lo perdono. Y lo hago por la
sencilla razón de que el personal lo que quiere es pillar una pelota y un pito
aunque sea a costa de la salud y de la factura del dentista. Hasta a eso he llegado a acostumbrarme. Paso
con que la ciudad se convierta en un cenagal intransitable y con hedor a pis añejo durante días. Paso con el hecho de que para poder llegar a mi
casa tengo que emplear una hora de coche y además me encuentre en la portería a
una pareja en pleno énfasis amatorio felacional (ya les hablare de esto
otro día) No puedo luchar contra todo
esto , pero lo que no estoy dispuesto es a consentir el mal gusto, lo zafio, lo hortera
y lo cateto; hay cosas por las que uno
no puede pasar y mas aún, me niego a que se gaste el dinero de mis impuestos en
según que cosas.
La carroza en cuestión, creo recordar
estaba patrocinada por una empresa de iluminación. En ella se disponían
cinco señoras de inmejorable aspecto que disimulaban su desnudez con purpurina,
lentejuelas y otros tantos abalorios adheridos a su cuerpo, incluida una
especia de coquina o coquilla que a duras penas cubría la zona púbica (fino
trabajo depilatorio ciertamente). Lo que ocurre es que no se si con los sudores
propios del duro trabajo o por la escasa calidad del material adhesivo, una de
las ninfas parecía tener serias dificultades en mantener pegado a su sitio el
citado elemento, con lo que resultaba chocante el continuo gesto que hacia de
llevarse la mano a la entrepierna para volver a recolocar el triangulillo.
Ay señor!!!. A esto hemos llegado. Y no es que yo sea un puritano que se escandalice
con la desnudez de la mujer o que no encuentre atractivo el cuerpo de las
señoras. Más bien todo lo contrario y no crean que no pocos disgustos me ha
ocasionado esta afición a lo largo de mi
vida. Pero es que, de verdad ¿Qué
demonios pinta esto en medio de un desfile al que asisten miles de niños
esperando recoger un pito? NADA, ABSOLUTAMENTE NADA y les voy a decir mas: si alguno de nuestros
prohombres y próceres capitalinos creen que esto es justificable o tiene el mas
mínimo sentido es que es tan cateto como el señor que a mi lado y el de mi hijo berreaba y gritaba como un
animal en celo ante la visión de semejante –y, repito textualmente- “carne”. Lo
más triste del asunto, es que no era el único.
Luego vinieron los sardineros. Entrañables invasores de nuestra ciudad
durante una semana y por los que profeso una especial admiración especialmente
desde aquel día en el que uno de ellos
empujo a mi hijo y al que para su desgracia,
aquella mañana llovía y yo
llevaba un paraguas en la mano (je je); pero
esa es otra historia que algún día les
narraré junto a la de la eufórica pareja de mi portería.
Lo dicho: Murió la sardina y al buen gusto lo mataron.