viernes, 10 de julio de 2015

El abrazo de Adriana


El abrazo de Adriana

Es pequeña, delgada y de aspecto frágil. Pero no se engañen porque lo suple con creces con un carácter que para si quisiera mas de un luchador de sumo.  Sus ojos en apenas unos años, van a hacer que mas de un incauto acabe por los suelos implorando por Dios, un poco de atención. Ella, sabedora de su “poder”, aleteará sus infinitas pestañas y esbozará esa demoledora sonrisa: Confórmate con esto, chaval.

Tiene cara de lista, pero de esos listos de los que te tienes  que mantener alerta. Pillina, melosa y cabezota como ella sola. Su mamá dice que es muy Cañabate.

Ya que los avatares de la vida me han llamado y llevado por los enrevesados caminos de la fruta,  ayer por la tarde se me ocurrió acercarme a su casa a llevarle una bolsa  con algunas piezas. Hago aquí un inciso para recordarles que hagan el favor de darles a sus hijos más fruta y menos porquerías. Sale más barato, es más saludable y ya de paso me hacen un favor a mí porque tengo el  horrible  el defecto de querer comer todos los días y pagar mis facturas.

Estaba en la puerta de su casa jugando con otros “bichillos” como ella. La llamé por su nombre y se quedo congelada con ese gesto tan suyo que tienen los niños cuando se quedan desubicados. Su mundo, ya saben, es muy matemático. Ellos conocen  a la perfección y  con exactitud cuando y donde toca cada cosa. Sus “dibus” favoritos, su cuento, su baño (en esto luego se ponen mas remolones) y sobre todo en que parte de su mundo debe estar cada persona, de tal forma que si se te ocurre aparecer en otro momento o en otro lugar al que te  toca, les parece que su esquema se descompone y necesitan unos instantes para entender que tú también puedes estar ahí.

Vino corriendo hacia mí con una sonrisa que le daba la vuelta a la cara. Los niños no saben mentir en esto, en sus emociones. En las otras cosas si, ya lo que creo que si,  pero en esto son de una sinceridad apabullante. Luego con el paso de los años por desgracia, van aprendiendo de nosotros los adultos y es ahí cuando, con perdón, se jode el invento.

Me rodeo con esos bracitos de alambre y me lleno la cara de besos. Supongo que lo hizo porque de natural es cariñosa y porque sabe que a mi,  al “Eduardo mayor” no hay nada que le llene mas de alegría que un par de besos bien achuchados de mi Adriana.

Por un instante recordé a otra personita cuyos besos ahora son más huidizos. Recordé su mano a través de los barrotes  de la cuna, buscando la mía para poder dormir. Como me recibía cada tarde al volver a casa como si hiciese una eternidad que le faltara su papá. Ese amor no comprometido ni enturbiado por la vida , por el cole , por el mundo y por todo lo que nos va pasando mientras la vida nos haciendo mayores a él y a mi. Ese amor que siempre está ahí, pero que a él ya no le hace falta manifestar y a mi, pobre viejo, cada día me va haciendo mas falta sentir y tocar.

La vida me ha premiado  y gracias a Dios, dentro de unos meses volveré a sentir de nuevo todas esas cosas y seguramente así podré entender que incluso él, mi campeón,  tiene derecho a empezar a quererme de otra forma. Debo dejarle partir. No se mi explico. Igual pero distinto.

Pues eso. Cuelgue el teléfono, apague el cigarro y la tele. No se pierdan ni uno solo. Y si no se los dan, denlos ustedes…saben a ternura, a sonrisas, a sinceridad desconcertante y sobre todo te transportan a la serenidad que los adultos andamos como locos buscando todo el santo día.

A todo eso saben los abrazos de Adriana.

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