Tengo por cierto que resulta mucho más fácil escribir cuando, aunque
dolido, el dolor no es de esa clase del que se te agarra al pecho y te atenaza
el alma, te encoge el espíritu y te agarrota las entendederas y hasta las
mismas manos. En definitiva, es de esos dolores que te pasa por el lado y
aunque triste, te deja seguir con tus cosas y sobreviviendo en medio de la vida
que a cada uno nos ha tocado en suerte o nos hemos ido labrando.
Han pasado ya algo más de tres meses de aquella mañana de sábado. Trasiego
de idas y de venidas, del yo me voy a duchar y yo a dar una
vuelta por casa, del yo me quedo un rato y tú me haces un “quite” porque las
horas en los hospitales pesan como losas y pasan lentas como tardes de agosto y
de alguna forma hay que abrir un paréntesis, sino para descansar el cuerpo, si
por lo menos para tomar distancia de una perra realidad que por momentos se nos
antoja irreal; así, en medio de ese trajín, él y yo, como ahora, como entonces, como
siempre, nos volvimos a quedar solos para afrontar otra vuelta de tuerca de una
vida que nos hemos visto condenados y salvados a vivir juntos.
Testigos mutuos de nuestros triunfos y de nuestras derrotas, de nuestros
secretos y de nuestras miserias y grandezas, de nuevo, una vez más, estábamos a
solas para sin hablarnos, decirnos todo lo que un padre sabe de su hijo antes incluso
de que lo haya pensado y un hijo aprende a ver en su padre, cuando como en mi
caso, ha pasado más tiempo con él que con su propia mujer e hijos.
Hacía cuatro días que había dicho sus últimas palabras, el resto fueron
leves reacciones sin fuerzas buscando los brazos de mi madre. Palabras que por
ese afán mío de buscar belleza y serenidad en cualquier cosa que me pasa por
delante, quiero pensar que fueron su máxima expresión de lo que un padre hace
por un hijo con cada acto y con cada segundo de su vida. Quise arroparlo, le
invite a ver juntos no sé qué partido que daban por la tele, pero se limitó a
acurrucarse de lado en ese gesto tan suyo para dormir. Estaba de espaldas a mí
y de pronto se giró y mirándome durante unos segundos, esbozó la mejor de las
sonrisas que jamás vi en su rostro y me dijo: Me voy a dormir.
Con cuatro
palabras me dijo lo que todos queremos escuchar en algún momento de nuestra vida: Que todo está bien. Que todo está dicho. Que
ahora toca descansar porque todo está donde tiene y debe estar. No te preocupes
hijo…todo está bien.
Aun así, papá, me cuesta encontrar consuelo en tus palabras. Me empeño a
diario en creer que hasta en ese último momento seguías pensando en mí, en mi
paz y en mi tranquilidad; pero no sabes cuánto me cuesta. Aún a pesar de que
aquella mañana a solas tú y yo solo acertaba a repetirme y repetirte
constantemente “todo está bien papá, todo está bien” me sigue costando y no te
haces una idea cuanto, volver cada mañana a este despacho y no escuchar tu voz
de trueno o algo tan sencillo como acostumbrarme a ver tu cara solo en
fotografías.
Me hubiera gustado que la vida o tu Dios o vete tú a saber quién, nos
hubiera dado la fuerza y el arrojo a ambos de sentarnos frente a frente y
plantear todo aquello en toda su crudeza, pero por desgracia la vida no es una
novela ni una película lacrimógena con música de fondo en la que nos decimos
frases hermosas y poéticas. No. No funciona así el invento.
En la vida solo hay una llamada de un desconocido que te dice que a la
persona que a la que más amas se la ha llevado por delante un cabrón
conduciendo hasta arriba de alcohol, o un médico que te da la terrible noticia
de lo que se avecina y te deja tan acojonado que te priva hasta de la capacidad
de decirle a los tuyos que tienes miedo a morir, así que imagínate si tienes
ganas de hacer el resto de cosas que de normal haces cuando sabes de sobra que
probablemente sea la última vez que las hagas.
No papá, no. No todo está bien. Me faltas tú. Le faltas a mamá y le faltas
a las nenas. Te echo de menos, te echo mucho de menos. Echo de menos tu sola
presencia, tu saber estar contra viento y marea y tus consejos sin palabras
para seguir aprendiendo lo mucho que aún me quedaba por aprender de ti.
Estoy enfadado contigo, conmigo, con ese Dios en el que tanto creías y con
el que, perdóname, últimamente no puedo llevarme nada bien. No puede estar todo
bien cuando lo único que ha cambiado a mejor es que tú ya no te retuerces de
ese maldito dolor que te comía por dentro…o si, o yo que se papá.
Quizás tenga que ser así y solo el tiempo entre lágrimas y recuerdos de
aciertos y errores, me ayuden a ver que todo encaja y que siguen siendo parte
de lo que un padre sigue enseñando a sus hijos más allá incluso de su mera
presencia.
Solo cabe decir, gracias papá. Espero algún día, ser digno merecedor de un
hijo que sepa decir de mí, lo mismo que hoy digo de ti. Creo que sería un
hermoso epilogo a una vida: gracias.
Hoy tu nieto cumple un año. Ojalá estuvieras aquí para verlo.
Te quiero… te quiero mucho papá.
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