martes, 31 de marzo de 2015



Tiempo


 


Debe ser el reloj biológico. Una mañana te levantas y así como quien no quiere la cosa empiezas a escucharlo. Primero te sientes desconcertado y luego, finalmente, te rindes a la evidencia. Ha empezado y  como si del zumbido de una mosca  veraniega y cansina se tratase, ya no te lo quitas de encima.


Tic, tac.

Tic, tac.

Al contrario de lo que sucede con el sexo opuesto, privados de la capacidad de procrear (gracias a Dios porque de lo contrario,  la continuidad de la especie se vería seriamente comprometida) nuestra deriva es radicalmente distinta. De repente nos ponemos nerviosos y nos damos cuenta “… ay misero de mi,  ay infelice,  apurar cielos pretendo….”  de que se nos acaba la munición en la pistola  del vaquero que está  pegando tiros,  ebrio de alegría y de whiskey,   en el salón del far west.  

Y entonces salimos corriendo desesperados y algunos casi hasta  desquiciados,  sin saber a donde acudir para presentar la queja correspondiente y como para esto no hay ventanilla alguna,  la mayoría acaban   preguntando por la dirección del gimnasio más cercano o  del concesionario Mercedes o diciéndole a cualquier chavalita que a ti lo que te pasa es que tu mujer no te entiende, o peor aún, marcándote una parrafada pseudo filosófica sobre el Carpe Diem para poder llevarte al catre a esa misma chavalita. Patético. 

Por desgracia para los que así acaban el recorrido es relativamente corto ya que la historia termina cuando en el gimnasio se te pone al lado un tiarrón de 20 años que después de pegarse tres veces en cinco minutos lo que tu te  haces a duras penas en media hora larga, aun va el tío y se hace unas pesitas para estirar un poquito al final, o en el semáforo se   para junto a ti ,  otro con la misma tía , el mismo coche y veinte o treinta años menos que tú.

Es por eso que siendo hombre de los de trienios acumulados sin saber a que huele un gimnasio (supongo que a flores salvajes del caribe no, eso seguro)  de los de ejercicio al aire libre esporádico y de los de cabeza bien amueblada para gastar dinero en según que cosas, aquel día en el que empecé a oír el sonido de mi reloj particular, tomé la decisión de imputar tiempos de la forma mas racional posible. Antes de nada un inciso. No desprecio en modo alguno el sudor empleado en ciertos ambientes;  de hecho tengo amigos que llevan toda un vida invirtiendo tiempo y dinero en preservar, conservar y ampliar su salud a través del ejercicio físico.  Es a estos y no a los otros, a  los que profeso especial admiración.

Aún así  y aunque percibido de forma distinta, a todos nosotros nos une mas que un mismo sentimiento, una misma sensación. Se nos acaba el tiempo. Y en respuesta a ese ataque repentino de esa cuarta dimensión que hasta ahora era nuestra aliada y amiga al mirarnos al espejo,  cada uno va haciendo lo que Dios o sus mayores o menores lumbreras  le dan a entender, pero todos guiados por la misma intención  ¡Qué alguien pare esto por Dios! ¡Que me devuelvan la entrada!...que no era esto lo que yo esperaba o como decía mi muy admirado Alfredo Landa en las Verdes Praderas: "Que m'he equivocao, coño, que m'he equivocao".

Pero claro, no todos somos capaces de arreglar el desaguisado de la misma forma y así como algunos pretenden forzar la maquinaria del reloj para que marque una hora distinta,  hay otros a los que nos da por afrontarlo con la serenidad propia de los años que vamos teniendo e intentar, no arreglarlo (no hay pegamento para esto amigo mío) pero si  convivir en paz con lo que se ha llegado a ser.  Y créanme, se puede y además de maravilla. Lo que para unos es un error, no es mas que un punto de partida para otros y así, como hizo el bueno de Don Alfredo en esa película que les ruego no se pierdan, acaban quemando el castillo de sus errores y comenzando de nuevo.

Después se trata de llevarse un puñado de esas cenizas en la mano para que no se nos olvide nunca  que en lo personal, siempre hay tiempo. Siempre. Todos los días hay que ponerse manos a la obra para volver a llenar nuestro tiempo de tiempos mejores. Es imposible ser lo que nunca hemos sido, pero si  conseguir la mejor versión de uno mismo.

Lo que pasa es que ahora, no se a ustedes pero por lo menos a mi si, me está asaltando la imperiosa necesidad de empezar a regalar pedacitos del tiempo que perdí.

Ya se que pensaran ustedes que es esta una intención harto rara y a priori de imposible cumplimiento, pero no, créanme, se puede  hacer o por lo menos se debe intentar,  aunque como seguramente algunos ya habrán comprobado, no suele ser un regalo bien recibido.

Lo que pasa es que solo con el paso de los años nos damos cuenta de todo ese tiempo que perdimos y es ahí cuando empieza la sonería de nuestro reloj, cuando ya le hemos dado tanta cuerda de errores que de repente  se pone a andar como un loco contando no hacia adelante sino hacia atrás, que es lo peor; y en vez de tomar conciencia de que tarde o temprano se ha de parar no compramos otro reloj mas grande, mas juvenil, mas moderno, o trasteamos el que ya tenemos hasta reventarlo  en un vano intento de que vaya hacia donde su natural tendencia mecánica le dice que tiene que ir, es decir, hacia adelante o lo que es peor, nos sentamos en un rincón a llorar por lo que se fue, por lo que ya nunca vendrá y sin hacer nada por lo que tenemos ahora. Nada.

Por eso quiero regalar trozos del tiempo que perdí.

Para que él sepa que me importa. Para que sepa que no hay que estar un minuto donde ni quieres estar  ni  quieren que estés, aunque te cueste lagrimas asumirlo. Que no hay que emplear ni un solo segundo en querer vivir los sueños de otros.   Que se puede dar la vida  por los tuyos, pero no tu felicidad. Que el tiempo cura heridas, pero no cambia a la gente. Que una hora con un libro entre las manos, no es una hora perdida,   es un escalón ganado en la vida. Que el tiempo empleado en viajar y aprender es la mejor inversión que puede hacer el alma humana.  Que no emplee su tiempo en glorificar a otros o  a sus causas,  sino a construirse las suyas propias.  Que en el trabajo, el mejor tiempo empleado  es aquel que te conduce a dignificarlo, sea cual sea; y que la honestidad, la decencia y la conciencia no son cuestión de tiempo en tu quehacer diario, sino de espacio.

….que aprenda de mí y no precisamente  por lo que he llegado a ser,  sino por lo mucho que no alcance distraído en tiempos ajenos y por  lo mucho más que me equivoqué.

Lo que pasa es que él me mira con cara rara. Y soy un rollazo de padre. Y no hay  quien me soporte. Y siempre estoy enfadado.  Y no “molo” nada, pero nada de nada. Y yo me quedo como un tonto con mi regalo lleno de buenas intenciones y de pretendidas claves y llaves de la felicidad entre las manos porque  él quería un juego de la play o de la wii o de algo parecido e igualmente inútil  me digan lo que me digan y le moleste a quien le moleste.

Que le vamos a hacer. Supongo que él tiene otros proyectos de inversión para su tiempo, o los tendrá. De todas formas no creo oportuno deshacerme de estos regalos. Los dejare por algún rincón. Sabré que mí tiempo ha estado bien empleado si algún día decide abrirlos.

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